Una persona haciendo ejercicio en un entorno luminoso, representando el movimiento, el músculo y el metabolismo

Ejercicio y metabolismo

El músculo como órgano endocrino: ejercicio, mioquinas y a dónde va realmente la grasa

Cómo la contracción muscular dialoga con el cerebro, el hígado, el tejido adiposo, el páncreas, los vasos sanguíneos y el sistema inmune, y por qué la grasa perdida sale principalmente por la respiración.

El ejercicio quema energía, envía señales, remodela tejidos y cambia cómo el cuerpo usa sus reservas.

Publicado en Junio 2026

Durante décadas, el músculo se presentó como un tejido mecánico: se contrae, mueve, sostiene la postura, nos permite caminar, levantar, correr. Esa visión resultó demasiado pequeña. Hoy, el músculo esquelético también se entiende como un órgano de comunicación y señalización.

Cuando una fibra muscular se contrae, consume energía y libera moléculas de señalización. Este conjunto incluye las mioquinas y forma parte de una red más amplia de exerquinas, capaz de comunicarse con el hígado, el tejido adiposo, el páncreas, los vasos sanguíneos, los huesos, el sistema inmune y el cerebro.

Este cambio de perspectiva ha transformado cómo la medicina entiende el ejercicio. El entrenamiento se ve ahora como una intervención biológica: una forma de mejorar la captación de glucosa, el uso de la grasa, la función mitocondrial, la inflamación, la fuerza, la autonomía y la salud metabólica.

El músculo como órgano endocrino

Los órganos endocrinos liberan sustancias que viajan por la sangre y cambian el comportamiento de otros tejidos. El músculo hace esto cuando se contrae.

Las moléculas liberadas por el músculo activo se llaman mioquinas. En un concepto más amplio, el ejercicio también libera exerquinas: señales producidas por el músculo, el corazón, el hígado, el tejido adiposo, los vasos sanguíneos, las plaquetas, el sistema nervioso y el sistema inmune en respuesta al movimiento. El músculo es un actor central en esta red, junto con otros tejidos que también participan en la respuesta al ejercicio.

Esta comunicación llega a:

  • el cerebro;
  • el hígado;
  • el tejido adiposo;
  • el páncreas;
  • el corazón;
  • los vasos sanguíneos;
  • el sistema inmune;
  • los huesos.

Por eso, dos personas pueden tener cambios metabólicos relevantes incluso antes de un cambio importante de peso. El ejercicio mejora la biología del cuerpo mediante vías que la báscula apenas mide: la sensibilidad a la insulina, la función mitocondrial, la inflamación, la perfusión, la fuerza, la autonomía y la composición corporal.

La idea central es simple: músculo activo es músculo que señaliza.

Las mioquinas: la farmacia interna

El ejercicio activa una especie de farmacia interna. En términos bioquímicos, las contracciones musculares repetidas liberan señales que cambian órganos distantes.

Este conjunto incluye proteínas, péptidos, lípidos de señalización, metabolitos, microARN y vesículas extracelulares. Dentro de este universo, las mioquinas de origen muscular son las más estudiadas.

Entre las mioquinas y vías relacionadas más observadas están la IL-6, la irisina, la IL-15, la miostatina, la apelina, las señales ligadas al BDNF y el eje PGC-1α. La distinción importa: el PGC-1α es un regulador intracelular, ligado a la biogénesis mitocondrial y a la programación oxidativa, y aparece en este texto como una vía adaptativa del ejercicio. El punto central es que el músculo actúa como un tejido vivo de comunicación.

IL-6. Durante mucho tiempo, la IL-6 se leyó principalmente como un marcador inflamatorio. En el ejercicio, el contexto es distinto. La IL-6 liberada por el músculo durante la contracción funciona como un pulso transitorio de comunicación energética: sube con la masa muscular reclutada y con la duración del esfuerzo, ayuda a movilizar sustratos, favorece el uso de la grasa, participa en la captación de glucosa e integra las señales intestinales y metabólicas. En el ejercicio prolongado, su concentración puede aumentar muchas veces, alcanzando elevaciones cercanas a las 100 veces en protocolos específicos. Los estudios en humanos también sugieren que su señalización participa en la reducción de grasa visceral inducida por el entrenamiento.

Irisina. La irisina se dio a conocer por su relación con la adaptación del tejido adiposo blanco hacia un perfil metabólicamente más activo, el gasto energético y las respuestas inducidas por el ejercicio. Deriva del precursor FNDC5 y se conecta al eje PGC-1α, una de las vías ligadas a la adaptación mitocondrial. Es una candidata importante para el diálogo entre el músculo y el tejido adiposo; su cuantificación y su magnitud funcional en humanos siguen siendo áreas activas de investigación.

BDNF. El BDNF, sigla de Brain-Derived Neurotrophic Factor, se suele llamar fertilizante cerebral. El ejercicio activa vías ligadas a la neuroplasticidad, la memoria, el aprendizaje y la protección neuronal, con una asociación consistente con el aumento del BDNF en contextos de cognición, envejecimiento y salud mental. La lectura más precisa es la de un eje músculo-cerebro: la contribución endocrina directa del BDNF de origen muscular en humanos está menos establecida que la de la IL-6, mientras que el efecto del ejercicio sobre las vías cerebrales del BDNF está bien documentado.

Este conjunto ayuda a explicar por qué el ejercicio es más rico que un conteo de calorías. Las calorías importan, y la señal biológica también guía la adaptación.

Qué ocurre después del ejercicio

Durante el ejercicio, el músculo aumenta rápidamente su demanda de ATP, la moneda energética inmediata de la célula. Según la intensidad, la duración, la nutrición previa y el acondicionamiento, el cuerpo combina distintas fuentes en una secuencia dinámica:

  • el ATP almacenado, en los primeros segundos;
  • la fosfocreatina, en esfuerzos muy cortos e intensos;
  • el glucógeno muscular, a medida que avanza la sesión;
  • la glucosa sanguínea;
  • los ácidos grasos;
  • los cuerpos cetónicos, en contextos específicos.

En los minutos y horas siguientes, el músculo entrenado se vuelve más receptivo a los nutrientes. Aumenta la captación de glucosa, mejora la sensibilidad a la insulina y la reposición de glucógeno se vuelve más eficiente. Este efecto ayuda a explicar por qué el ejercicio mejora la resistencia a la insulina incluso antes de grandes cambios de peso.

En el entrenamiento de fuerza también se activan las vías de síntesis de proteínas, incluida la mTOR, el remodelado muscular y la participación de las células satélite, que apoyan la reparación y la adaptación de las fibras.

En las 24 horas siguientes, el cuerpo puede aumentar el GLUT-4, la reposición de glucógeno, la síntesis de proteínas, la reparación de tejidos y las señales ligadas a la biogénesis mitocondrial. Con la repetición, el resultado es un tejido transformado.

El ejercicio es entrenamiento más recuperación. La adaptación ocurre cuando el estímulo se encuentra con el sueño, la proteína, suficiente energía, la hidratación, los micronutrientes y el tiempo. Por eso, el resultado viene del panorama completo: movimiento, nutrición, descanso y consistencia.

En el entrenamiento de fuerza, esta lógica es muy clara. El entrenamiento crea una señal mecánica y metabólica; la recuperación convierte esa señal en fibras más fuertes, mejor coordinación neuromuscular y una mayor reserva funcional.

Mitocondrias y flexibilidad metabólica

Uno de los grandes descubrimientos de la fisiología moderna fue entender que el ejercicio repetido aumenta la capacidad mitocondrial del músculo. El eje PGC-1α es una de las vías más importantes en esta adaptación y ayuda a coordinar la formación de nuevas mitocondrias.

Con el tiempo, el músculo entrenado tiende a:

  • aumentar el número y la eficiencia de las mitocondrias;
  • mejorar la capacidad oxidativa;
  • usar mejor la grasa y la glucosa;
  • tolerar mejor las variaciones en la disponibilidad energética;
  • reducir la acumulación de lípidos ectópicos en contextos de mejora metabólica;
  • responder mejor a la insulina.

Esta flexibilidad metabólica es central. Un cuerpo metabólicamente flexible alterna mejor entre el carbohidrato y la grasa como combustible, y afronta mejor las comidas, el entrenamiento, los períodos de menor disponibilidad energética y la demanda muscular. Es una de las razones por las que el ejercicio regular mejora el terreno metabólico de forma más amplia de lo que la báscula puede mostrar.

Este efecto también involucra la calidad mitocondrial. El ejercicio estimula la renovación, el reciclaje y la eficiencia de las mitocondrias, favoreciendo un músculo más capaz de producir energía con un menor costo inflamatorio.

A dónde va la grasa

Cuando una persona pierde peso, la grasa sigue un recorrido bioquímico concreto. En gran parte se transforma en aire exhalado.

La grasa corporal se almacena mayoritariamente como triglicéridos, moléculas hechas de carbono, hidrógeno y oxígeno. Cuando el cuerpo necesita usar esta reserva, ocurre la oxidación. En esta reacción, los átomos de la grasa se reorganizan con el oxígeno que respiramos y forman principalmente dióxido de carbono y agua.

La mayor parte de la masa de la grasa perdida sale por los pulmones, como CO2. Una parte menor se convierte en agua, eliminada por la orina, el sudor, las heces, las lágrimas y el vapor de la respiración.

El clásico artículo del BMJ calculó que, al oxidar 10 kg de grasa corporal, unos 8,4 kg salen como CO2 y 1,6 kg salen como agua. La frase “quemar grasa” es una metáfora útil pero incompleta. Lo que ocurre en el cuerpo es bioquímica: oxidación controlada, producción de energía y eliminación de subproductos.

Este dato también cambia cómo leemos el sudor. Una sauna, la ropa térmica y el sudor intenso pueden reducir temporalmente el agua corporal; la pérdida de grasa ocurre cuando el cuerpo oxida los triglicéridos y elimina sus subproductos. En gran parte, la grasa nos atraviesa y sale con cada exhalación.

Cómo ayuda el ejercicio a que la grasa salga

El ejercicio crea las condiciones para que el cuerpo use las reservas de forma más eficiente.

Esto ocurre por varias vías:

  • aumenta el gasto energético;
  • eleva la demanda muscular de ATP;
  • aumenta la captación de glucosa por el músculo;
  • mejora la sensibilidad a la insulina;
  • aumenta la capacidad mitocondrial;
  • mejora la oxidación de ácidos grasos;
  • preserva la masa muscular durante la pérdida de peso;
  • reduce la grasa visceral cuando se combina con una estrategia sostenible.

El ejercicio aeróbico aumenta el flujo de oxígeno y la demanda energética. Caminar, pedalear, correr, nadar y entrenar a intensidad moderada o vigorosa eleva la oxidación de sustratos, especialmente cuando se hace con consistencia.

El entrenamiento de fuerza tiene otro papel decisivo: preservar y construir músculo. Durante la pérdida de peso, proteger la masa muscular mejora la función, la fuerza, el gasto energético y la calidad de la pérdida. Por eso, en la medicina metabólica, la pregunta central es: ¿qué cambió en la composición corporal?

Ejercicio, pérdida de peso y composición corporal

El mejor desenlace es reducir la adiposidad ligada al riesgo, preservar la masa magra y mejorar la cintura, la glucosa, la presión arterial, los lípidos, la función y la autonomía.

El metanálisis de JAMA Network Open de 2024 mostró una relación dosis-respuesta entre el ejercicio aeróbico supervisado y la reducción del peso, la cintura y la grasa corporal en adultos con sobrepeso u obesidad. El punto práctico importa: al menos 150 minutos a la semana de ejercicio aeróbico a intensidad moderada o superior se asociaron con reducciones clínicamente relevantes de la cintura y la grasa corporal.

La revisión de BMJ Open Sport & Exercise Medicine de 2025, por su parte, evaluó el entrenamiento de fuerza durante la pérdida de peso inducida por la dieta. El entrenamiento de fuerza protegió la masa libre de grasa, aumentó la pérdida de grasa y mejoró la fuerza, reforzando el valor de mirar la composición corporal.

Este es el punto clínico más importante: dos personas pueden perder el mismo peso y tener desenlaces biológicos muy distintos. Quienes preservan el músculo tienden a salir del proceso con más función, mejor composición corporal y una mayor probabilidad de mantener el resultado.

En la práctica, el ejercicio cambia la calidad de la pérdida de peso. La báscula muestra la masa total; la composición corporal muestra si el proceso preservó el músculo, redujo la grasa ligada al riesgo y mejoró la capacidad del cuerpo de usar la energía.

Modalidades, longevidad y recuperación

Cada modalidad aporta un tipo distinto de señal. El mejor plan suele combinar estímulos complementarios, ajustados al momento clínico y al acondicionamiento de la persona.

ObjetivoEstrategia práctica
Salud cardiometabólicaCaminata rápida, ciclismo, natación o carrera ligera, apuntando a al menos 150 minutos a la semana cuando sea seguro
Reducción de la cintura y la grasa corporalProgresar a 150 a 300 minutos a la semana de ejercicio aeróbico de moderado a vigoroso
Preservación del músculoEntrenamiento de fuerza 2 a 3 veces a la semana, con progresión en carga, técnica y recuperación
Mitocondrias y capacidad cardiorrespiratoriaSesiones por intervalos en personas adaptadas, con una dosis individualizada
Longevidad funcionalFuerza, equilibrio, movilidad, marcha, potencia y consistencia

Los mecanismos más ligados a la longevidad convergen en unos pocos ejes:

  • la mejora de la sensibilidad a la insulina;
  • la reducción de la grasa visceral;
  • el aumento de la función mitocondrial;
  • la mejora de la función endotelial;
  • la preservación de la masa muscular;
  • la protección contra la fragilidad y la sarcopenia;
  • la modulación de la inflamación sistémica;
  • el apoyo al sueño, el ánimo, la cognición y el BDNF.

La pérdida de músculo asociada a la edad es uno de los grandes marcadores de fragilidad. El entrenamiento de fuerza regular, incluso iniciado más tarde en la vida, ayuda a preservar la independencia, el equilibrio, la capacidad de levantarse, caminar, subir escaleras y vivir con más autonomía.

La obesidad como enfermedad basada en la adiposidad

Las guías recientes han cambiado el lenguaje. La obesidad se entiende ahora como una enfermedad basada en la adiposidad, la distribución de la grasa, los signos de disfunción orgánica y el impacto funcional. La Comisión de The Lancet Diabetes & Endocrinology de 2025 refuerza este cambio.

NICE, ADA, AACE, Canadá y las guías brasileñas van en la misma dirección: el tratamiento debe tener en cuenta el riesgo cardiometabólico, la cintura, las complicaciones, la función, la calidad de vida, las preferencias del paciente y la sostenibilidad.

Los medicamentos como los agonistas de GLP-1 y GIP/GLP-1 pueden desempeñar un papel importante en pacientes seleccionados, con una pérdida de peso significativa documentada en ensayos clínicos recientes. Cuanto más potente y rápida sea la pérdida de peso, mayor es la importancia de preservar la masa magra, la fuerza, la ingesta de proteína, el entrenamiento de fuerza y la recuperación.

El ejercicio se convierte en un socio de la farmacoterapia: mejora la función, protege el músculo, amplía la capacidad cardiorrespiratoria y ayuda al cuerpo a sostener el resultado.

El músculo forma parte del tratamiento de la obesidad porque sostiene dimensiones que la báscula mide solo de forma limitada: la autonomía, la glucosa, la fuerza, el metabolismo, la protección contra la fragilidad y la calidad de vida.

Ejercicio e inflamación

El ejercicio genera una pequeña cantidad de estrés agudo. A una dosis adecuada, este estímulo desencadena respuestas adaptativas: una mejor defensa antioxidante, el remodelado mitocondrial, la señalización antiinflamatoria y la reparación.

Este fenómeno se llama hormesis: un estímulo controlado, a una dosis adecuada, produce una adaptación positiva.

Con regularidad, el ejercicio puede reducir la inflamación sistémica, mejorar la función endotelial, modular el tejido adiposo visceral y favorecer una mejor comunicación entre el músculo, el hígado, la grasa y el sistema inmune. La clave está en la dosis y la recuperación: suficiente estímulo para adaptarse, suficiente descanso para consolidar.

Seguridad e individualización

Para la mayoría de las personas, el punto de partida puede ser simple. La evaluación clínica ayuda a elegir la dosis, la progresión y la modalidad cuando hay mayor complejidad.

Movimiento aeróbico. La caminata rápida, el ciclismo, la natación, la carrera ligera o la elíptica ayudan a aumentar el gasto energético, mejorar la capacidad cardiorrespiratoria y favorecer la oxidación de sustratos. El objetivo inicial puede ser caminar más y reducir el tiempo sedentario; el objetivo clínico suele avanzar hacia al menos 150 minutos a la semana, cuando sea seguro.

Entrenamiento de fuerza. El entrenamiento con pesas, los ejercicios con el peso corporal, las bandas de resistencia o las máquinas ayudan a preservar la masa muscular, la fuerza y la función. Durante la pérdida de peso, especialmente cuando ocurre rápido, este eje se vuelve central.

Recuperación. El sueño, la proteína, la hidratación y la regularidad determinan si el estímulo se convierte en adaptación. El entrenamiento de fuerza abre la señalización; la recuperación convierte esa señalización en un tejido más fuerte.

Individualización. El dolor, la enfermedad cardiovascular, la diabetes, el uso de medicamentos, la obesidad grave, la sarcopenia, la menopausia, el historial de lesiones y el nivel de acondicionamiento cambian la prescripción. Este texto es educativo; el plan de entrenamiento debe adaptarse al estado clínico y la seguridad de cada persona.

Algunos contextos merecen una orientación profesional más cercana:

  • enfermedad cardiovascular conocida, arritmia, insuficiencia cardíaca, dolor torácico, falta de aire desproporcionada o desmayo con el esfuerzo;
  • diabetes tratada con insulina o secretagogos, por la necesidad de ajustar la nutrición, la glucosa y el riesgo de hipoglucemia;
  • uso reciente de GLP-1 o GIP/GLP-1 durante una fase de pérdida de peso rápida, con atención a la proteína, la hidratación, la fuerza y la composición corporal;
  • enfermedad renal avanzada, enfermedad hepática significativa, cáncer activo, posoperatorio reciente o postcirugía bariátrica;
  • sarcopenia, fragilidad, riesgo de caídas, dolor limitante o historial de lesiones;
  • embarazo, recuperación posparto y fases de mayor vulnerabilidad energética.

El objetivo es convertir el ejercicio en una prescripción sostenible: suficiente estímulo, una progresión alcanzable, una recuperación adecuada y un seguimiento proporcional al riesgo.

Conclusión

El músculo es mucho más que estructura. Es un órgano endocrino, metabólico y funcional. Cuando se contrae, dialoga con todo el cuerpo.

La grasa perdida sigue un recorrido material concreto: se oxida; la mayor parte de la masa sale como CO2 por los pulmones y el resto como agua. El ejercicio apoya este proceso porque aumenta la demanda energética, mejora la sensibilidad a la insulina, amplía la capacidad mitocondrial, preserva el músculo y hace al cuerpo más capaz de usar sus reservas.

Perder peso bien significa perder grasa preservando el músculo, la función y la salud metabólica.

El ejercicio es una forma de enseñar al cuerpo a funcionar mejor. Para la longevidad, el mejor ejercicio es el que preserva el músculo, mejora la capacidad cardiorrespiratoria, respeta la recuperación y encaja en una vida para las décadas venideras.

Referencias

Estudios científicos

Pedersen and Febbraio, 2012.Muscles, exercise and obesity: skeletal muscle as a secretory organ. Nature Reviews Endocrinology. 2012;8:457-465. · Acessar fonte

Hallazgos principales

Una revisión clásica que consolidó el concepto del músculo esquelético como órgano secretor. Explica cómo el músculo libera mioquinas, incluida la IL-6, que se comunican con el tejido adiposo, la glucosa y la inflamación. La IL-6 de origen muscular puede aumentar hasta 100 veces durante un esfuerzo prolongado, sin representar una inflamación patológica.

Chow et al., 2022.Exerkines in health, resilience and disease. Nature Reviews Endocrinology. 2022;18:273-289. · Acessar fonte

Hallazgos principales

Una revisión exhaustiva de las exerquinas, moléculas liberadas en respuesta al ejercicio por el músculo, el hígado, el tejido adiposo, los vasos sanguíneos y el sistema inmune. Muestra cómo las proteínas, los metabolitos, las vesículas extracelulares y los microARN forman una red de comunicación que explica los beneficios cardiometabólicos, neurológicos, óseos e inmunes del ejercicio.

Meerman and Brown, 2014.When somebody loses weight, where does the fat go? BMJ. 2014;349:g7257. · Acessar fonte

Hallazgos principales

Usando la estequiometría, muestra que oxidar 10 kg de grasa corporal libera unos 8,4 kg como CO2 por los pulmones y 1,6 kg como agua. La mayor parte de la masa de grasa perdida sale con cada exhalación, no por el sudor, y no se convierte en músculo.

Jayedi et al., 2024.Aerobic exercise and weight loss in adults: a systematic review and dose-response meta-analysis. JAMA Network Open. 2024;7(12):e2452185. · Acessar fonte

Hallazgos principales

Con 116 ensayos aleatorizados y 6.880 adultos con sobrepeso u obesidad, mostró una relación dosis-respuesta entre el ejercicio aeróbico y la reducción del peso, la cintura y la grasa corporal. Al menos 150 minutos a la semana de intensidad moderada o superior se asociaron con reducciones clínicamente relevantes.

Binmahfoz et al., 2025.Effect of resistance exercise on body composition, muscle strength and cardiometabolic health during dietary weight loss in people living with overweight or obesity: a systematic review and meta-analysis. BMJ Open Sport & Exercise Medicine. 2025;11:e002363. · Acessar fonte

Hallazgos principales

Un metanálisis de 35 ensayos clínicos sobre el entrenamiento de fuerza durante la pérdida de peso inducida por la dieta. El entrenamiento de fuerza protegió contra la pérdida de masa libre de grasa, aumentó la pérdida de grasa y mejoró la fuerza muscular, es decir, cambia lo que se pierde, no solo cuánto.

Contenido informativo. Las recomendaciones y los protocolos de salud requieren evaluación individual por profesionales cualificados.